La presentación global de Apple confirmó la llegada del iPhone 17, con tres versiones que buscan cubrir distintos segmentos: el 17 Pro, el 17 Pro Max y un novedoso modelo Air, más liviano. Según el anuncio oficial, los equipos incorporan mejoras significativas, como el nuevo chip A19 Pro y un sistema de cámaras avanzado, manteniendo la promesa de un rendimiento superior.
En su mercado de origen, Estados Unidos, los precios parten desde los 799 dólares para el modelo base hasta los 1.199 para el Pro Max. Estos valores, si bien elevados, se enmarcan en la lógica de un producto de alta gama dentro de una economía estable, donde su adquisición es una posibilidad concreta para un amplio sector de la población.
Sin embargo, la realidad argentina transforma por completo estas cifras. De acuerdo con las primeras estimaciones de consultoras especializadas, basadas en la carga impositiva y los costos de importación, el precio de venta local podría oscilar entre 1,8 y casi 3 millones de pesos. Esta distorsión no es nueva, pero sigue impactando al evidenciar cómo el acceso a la tecnología está condicionado por la macroeconomía.
El debate que se abre va más allá del deseo de tener el último teléfono. Se trata del acceso a herramientas de trabajo, comunicación y cultura que, en otras partes del mundo, son estándar. La brecha digital se profundiza no solo por la falta de conectividad en algunas zonas, sino también por el costo prohibitivo de los dispositivos que permiten aprovecharla plenamente.
Desde el Alto Valle, esta diferencia se siente con fuerza. El valor de un iPhone 17 Pro Max equivale a varios meses de sueldo de un trabajador calificado, ya sea del sector frutícola o del petróleo. La opción de viajar a Chile o Estados Unidos para comprarlo, que antes era una estrategia común, hoy es un lujo para unos pocos. Así, la tecnología de punta se convierte en una vidriera lejana, un símbolo de una brecha que, lejos de cerrarse, parece ensancharse cada año.
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