El playero canta los números y el motor se apaga. Llenar el tanque se siente, otra vez, como un pequeño lujo. La pantalla del surtidor parpadea con una cifra que duele mirar y que se actualiza demasiado seguido.
No es solo una sensación. A la actualización de impuestos se le suma la tensión internacional que empuja el precio del barril. Cada conflicto en Medio Oriente parece sentirse directamente en el tablero del auto, en la economía de cada día.
El enojo se mastica en las filas, se comparte en un gesto de resignación con el de al lado. Es la charla obligada de cada carga, un lamento colectivo que se extiende de Corrientes a la capital, donde los precios marcan un nuevo récord.
El Rebrote — periodismo del Alto Valle.


